Hay vínculos que resultan difíciles de explicar, aunque para quien los vive lo digan todo. Para Anna Cruz, Duck no es solo su perra: es compañía, rutina, refugio y una parte esencial de su vida. “Mi vida gira en torno a ella”, resume. Y no suena a exageración. Su amor por los perros viene de muy pequeña, desde que con seis años conoció al primero y supo que algún día querría uno propio.

Ese momento tardó en llegar. En casa nunca se dio la ocasión, así que esperó hasta poder ofrecerle a un animal “las condiciones que se merece”. Cuando regresó a España tras su etapa en el Fenerbahçe, lo tuvo claro. Duck llegó en 2020, cuando fichó por Araski. La llevaron de Valencia a Vitoria y, desde entonces, ya no se entienden la una sin la otra.

No fue una decisión sencilla. Antes de tener perro, Anna Cruz se hizo pruebas y confirmó que era alérgica. Le dijeron incluso que ni se le ocurriera, que podía derivar en asma. Pero decidió investigar hasta encontrar una raza hipoalergénica y dio con el perro de agua. Acertó de lleno. “Es la más mimada de la familia, la consentida por todos”, cuenta entre risas. Y añade una frase que resume perfectamente lo que siente: “Es una extensión mía. Donde voy yo, va Duck”.

Los comienzos no fueron fáciles. Cuando llegó, con apenas dos meses y medio, no le hacía caso en absoluto. Tanto, que acabó buscando ayuda de un adiestrador en Vitoria. Durante semanas, Duck y ella sirvieron casi como ejemplo de todo lo que no había que hacer. Hoy la anécdota le hace gracia. Porque aquella cachorra indomable es ahora una perra obediente, pendiente siempre de dónde está su dueña y acostumbrada a acompañarla a todas partes.

Ese es, quizá, el verdadero centro de la historia. “No concibo mi vida sin ella. La incluyo en todos mis planes, todos”, explica. Si alguna vez tiene que dejarla sola, es solo por obligación, y aun así aparecen los remordimientos. Por eso, antes que quedarse sola, Duck siempre encuentra sitio en casa de sus padres o de su hermano.

Cuando se retiró, en el homenaje que le hizo la Penya en el Olímpic, también dejaron entrar a Duck al pabellón. Fue una imagen poco habitual, pero muy reveladora. “No a mucha gente le dejan meter un perro en un pabellón”, bromea Anna. Porque más que una mascota, Duck es una presencia imprescindible en su vida. Un amor puro, fiel y cotidiano que, como dice ella, solo entiende de verdad quien ha sentido algo parecido con un perro.

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