Una forma terriblemente actual de ascender al primer plano mediático pasa por alguna declaración que no encaja, que rompe demasiado el guion dominante, algo que actúe como la pólvora en el espectro informativo. Así fue como el mundo (que apenas lo conocía) supo un día de Jaden Ivey, puede que solo entonces y a través de unos titulares extraños. Se dictó sentencia –otro chico que pierde la cabeza– y se echó tierra encima para un rápido olvido. Poco más duró el caso, nada de la antesala y motivaciones, ese proceso largo, soterrado y casi trágico que dejó al jovencito a merced de algo que ya no era el jugador.

Abriendo febrero y cerrando el mercado, Jaden Ivey, cuarta temporada en la NBA, fue enviado a Chicago Bulls en un movimiento que tenía sentido para unos Pistons donde el chico ya sobraba. A los cinco partidos en su nuevo equipo Ivey sufrió su primer DNP de carrera, no jugar un solo segundo por decisión técnica, lo cual chocaba frontalmente con una reciente adquisición de mercado. Fue un partido ante los Raptors, y sin mayor novedad que una quinta derrota seguida, las preguntas iban a girar a él, por si había alguna razón oculta más allá del regreso de algunos lesionados y una sobrecarga de exteriores que bien conocían antes de hacerse con él.

Acto seguido Ivey fue rodeado por el corrillo de reporteros. “¿Qué crees que ha pasado?”, le insistían. “Nada que vaya a cambiar mi carácter, yo estoy aquí para hacer mi trabajo, a mayor gloria de Dios. El entrenador pone a quienes le ayuden a ganar –explicaba el jugador–, y Jesucristo, a aquellos que difunden su verdad. Me preguntáis esto porque creéis que me afecta”. Los periodistas se miraban confundidos. “No me fío de este negocio, solo de Dios. El antiguo Jaden ha muerto”. Uno de los presentes, el cronista Joel Lorenzi, despejó el asunto calificando a Ivey como “la última víctima del actual desequilibrio en los Bulls”.

Ivey no volvió a ser activado. El equipo alegaba una lesión en su rodilla izquierda, como si aún persistiera. Y el jugador, ahora aislado, corrió a deslizarse por una ladera extraña, entre la necesidad y la represalia. Los directos de Instagram empezaron a hacerse cotidianos y su contenido, más extremo, como si el chico sufriera por dentro y lo ocurrido tuviera una lectura religiosa. Ivey decía rechazar un mundo lleno de pecado y el catolicismo como “una falsa religión”. Alguien le dijo: “Rezo por ti”, a lo que él respondió: “Dios no escucha a pecadores”.

Lanzado al desbarre en directo, Ivey terminó cargando contra el Mes del Orgullo, su comunidad, y un orbe de valores que proclamaba como “inmorales”. Esto recogieron aprisa los titulares, la respuesta pública fue inmediata y los Bulls resolvieron cortar todo vínculo con el jugador por “conducta perjudicial” para la organización. El técnico Billy Donovan despachó el caso en términos de estándar profesional para cualquier miembro del equipo, le pagaban su dinero restante –algo más de diez millones– y adiós.

Breve historia de un infortunio

El tiempo vuela para todos, y a más velocidad para los deportistas. Fue ayer, como quien dice, que el chico salió de Purdue, un directivo lo quiso y lo hizo su primera elección (2022), que había un plan en los Pistons y también para Jaden Ivey. Nada de eso iba a salir. Ese directivo, Troy Weaver, ya no está allí, su otra elección (Jalen Duren) sí funcionó y los Pistons se iban a disparar sin aquel prometedor número cinco del draft. La idea con Ivey era sumar a Cade Cunningham una pareja exterior y cubrirle allí donde no llegara, puntos añadidos, atletismo y descaro, y delinear así una rotación convincente junto a Saddiq Bey, Killian Hayes, Isaiah Stewart y Jalen Duren. Pero estrenado el primer curso Cunningham se rompió, y el novato Ivey trató de salir a flote como segundo anotador del equipo, equipo de 65 derrotas sin un horizonte claro. El despido del técnico Dwane Casey no fue bueno para Ivey. El nuevo entrenador, Monty Williams, retiró su prioridad, como haría con todos, y el resultado fue la peor serie de derrotas jamás conocida (0-28/1-35).

La solución fue poner el proyecto en manos de Trajan Langdon y un nuevo técnico, J.B. Bickerstaff, que creyó en lo que tenía y empezó a trabajar con ello. Devolvió la titularidad indiscutible a Ivey por cuajar aprisa la necesaria química con Cunningham. Hasta que el día de año nuevo le cayó encima Cole Anthony fracturándole el peroné justo cuando Ivey mejor estaba (17.6 puntos). Allí acabó su temporada y –ahora lo sabemos– su destino en Detroit.

Apartado del equipo, los Pistons estallaron hasta culminar su regreso a playoffs. Pasaron por alto su alta médica (en abril) a la espera de la temporada siguiente, y poco antes de empezar, Ivey tuvo que ser intervenido en su rodilla derecha perdiéndose otras cuatro semanas. Esto suponía preguntarse cómo reintegrar una pieza en standby a un equipo que rodaba a velocidad de crucero como líder de la Conferencia Este (13-2). Era como si su regreso no hiciera falta, y Bickerstaff hizo lo que debía hacer: sumarle gradualmente a la rotación desde el banquillo, notar con el paso de las semanas que Ivey había perdido chispa, no aportaba mayor diferencial y los Pistons eran ya una cosa muy superior a él. Finalmente, no era difícil aceptar la necesidad de una salida a tiempo con el “favor” de Chicago Bulls a través del tirador Kevin Huerter.

Ivey salía tras haberse comido a los peores Pistons de la historia, y esperar un regreso a un equipo que terminó sintiendo extraño como el equipo a él.

Enseguida el joven escolta quedó sepultado por una actualidad que daba la espalda a los Bulls, vaciados de pronto del proyecto anterior –fuera Vucevic, White y Dosunmu–, y en dos semanas (0-9) completamente a la deriva. Fue entonces que los medios cazaron los comentarios de Ivey seguidos de un abrupto adiós a los Bulls (y a la propia NBA). Con 24 años recién cumplidos, una promesa parecía haber caducado, y su caso distaba mucho de otros de corte similar, sin lesión terminal ni un severo déficit de juego.

Antecedentes y realidad paralela

Horas después de su cese y el comunicado oficial, el jugador acusaba a los Bulls de “mentirosos” en una espiral de directos (en avión o en coche), directos de hasta hora y media. Que su conducta, defendía, no era perjudicial para nadie. “Preguntad a los entrenadores: ¿he sido yo un mal compañero? Solo predico la fe de Cristo y ellos me despiden. Que estoy loco, dicen, que soy un psicópata”. Ivey recordó a sus oyentes que la mañana del despido él estaba en el gimnasio del equipo, haciendo su trabajo de rehabilitación. Según el cuerpo médico, Ivey necesitaba reforzar la musculatura de su pierna por los efectos residuales de la inactividad. Ya era tarde, y el jugador decía estar sufriendo las consecuencias. “Los que me rodeaban, familiares que me han traicionado por lo que dije, y es la verdad. Que me he vuelto loco, dicen, gente de mi propia sangre”. Fueron horas de cruda exposición en titulares y palabras de tono preocupante, motivo de que su exentrenador en Detroit, J.B. Bickerstaff, tratara de arroparle públicamente: “Tiene que ser muy difícil para alguien tan joven gestionar todo por lo que ha tenido que pasar”. Bickerstaff tan solo aludía a sus lesiones.

Fueron días extraños por su nombre, expulsado y distante, en busca y captura de entrevistas de la prensa convencional, cuando el chico apareció en el canal de Kerrigan Skelly, evangelista con cien mil seguidores en YouTube. Lo hizo a voluntad y en terreno seguro. Allí confesó más cosas. Que tras romperse la pierna el suicidio frecuentaba su cabeza hasta intentarlo. De vaciarse en la mano un puñado de pastillas de oxicodona (un narcótico más potente que la morfina) y que su mujer lo evitó. “No me avergüenza decirlo, Dios fue misericordioso para conservarme aquí”. Y que la salvación no es posible, dijo, “si vives en pecado”.

Ivey aparecía entero, sereno y firme, pero no podía transmitir una imagen más alejada del universo profesional, como de haber sido tragado por una fuerza mayor a su condición de jugador. Se mostraba muy convencido de sus creencias, tal vez demasiado. Reconoció que lo sucedido había asustado tanto a su esposa como para largarse, dejarlo solo y no dar señales.

Ivey aprovechó para denunciar la hipocresía por lo ocurrido con él. Ponía como ejemplo la sanción sufrida por Anthony Edwards cuatro años antes, por un vídeo en redes y un comentario homófobo. “Lo multaron, no lo echaron”. Y que la única razón era ser el mejor jugador de su equipo. “Lo necesitan y les hace ganar dinero. Al final es todo cuestión de pasta. Por eso él sigue jugando (y yo no)”.

Preguntado por si esto suponía el final de su carrera, Ivey dejaba la puerta abierta a seguir jugando en cualquier sitio, “como si es en África”. Y volvía a insistir en que ninguna conducta fue perjudicial para nadie, que su actitud fue todo lo profesional que cabe esperar y que el motivo era otro. “Estrictamente porque dije la verdad de la palabra de Dios y predicar el evangelio”.

Lo cierto es que Ivey había trabajado su rehabilitación hasta creer estar listo, y los Bulls retrasaban su regreso. En un entrenamiento, su rodilla chocó con las piernas de su compañero Leonard Miller, la rodilla se le hinchó y no recobró la normalidad hasta el día siguiente. “Entonces estaba listo, Cristo la curó”. Ivey comunicó al equipo su deseo de reincorporarse, los Bulls declinaron su regreso amparados en otra prueba, finiquitaron su temporada y cuatro días después lo cortaron.

Un exceso de fe como problema

Mientras los medios esperaban alguna reacción de su entorno más cercano, solo encontraron el silencio. Su madre, Niele Ivey, es la entrenadora principal en la universidad de Notre Dame, prestigiosa institución católica a la que Jaden acusó de “falso credo”, como al entorno familiar de traicionarle. El silencio de la madre revelaba una situación muy compleja, como si algo se hubiese apoderado de su hijo, el chico que lloró abrazado a ella en la pantalla nacional la noche del draft por cumplir su sueño de alcanzar la NBA. De hacerlo además en Detroit como parábola familiar: su padre era natural de Michigan, su abuelo había jugado en los Lions (NFL) y su madre en las Shock.

Esa feliz conexión del destino pudo durar tan solo un año. El periodista James L. Edwards, insider entonces de los Pistons, dijo notar un cambio emocional en su segundo curso. Jaden se volvió más callado, más discreto e introspectivo, cosa que los reporteros perciben en el mundillo de vestuarios. Asomaron los primeros síntomas de una religiosidad desbordante. “Jesús está volviendo –expresó en rueda prensa en marzo de 2024–, y todos tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados”. Los reporteros sabían de sus constantes referencias bíblicas, y callaban por ellas sin darles mayor importancia.

Tras su grave lesión del año pasado, intervenido y apartado del equipo, Jaden concedió una entrevista a Sports Spectrum, un multiportal evangélico que conecta “deporte y fe”. Allí daba testimonio de una larga lucha interna de la que nadie sabía nada, indicios de haber sido víctima de abuso sexual durante su infancia por parte de un familiar cercano. “De niño, yo no sentí el amor que siento ahora. Mientras crecía sufrí algunos traumas, cosas que vi y de las que no he hablado. Ahora sé que eran semillas de Satanás”. Y que se acostó con mujeres, contaba, bebía alcohol, fue adicto al porno y se extravió por caminos “para llenar un gran vacío” mientras trataba de encajar en el mundo. Confesó también haber sido una pareja difícil antes de casarse. “Ella tuvo que soportar mucha ira, mucho abuso. Le estoy muy agradecido por haber estado ahí”. Aludía también a un derrumbe total en Denver, de tocar fondo una noche allí, y el “hallazgo final de Cristo”, como quien ve la Luz. La experiencia de ser padre le permitió advertir lo perdido que estaba, concluía, hasta serle “revelada la verdad”.

Aquel caldo de declaraciones confusas, recuperadas los días posteriores a su caída, fue traducido por la prensa deportiva a su manera. Joe Cowley (Chicago Sun-Times) cargaba contra la gerencia de los Bulls por lo innecesario de su fichaje, por ignorar todo de Ivey y por indicios que sus colegas de Detroit habían callado por discreción, rumores que calificaban al jugador de “predicador” que sermoneaba a todas horas en cualquier sitio. Ahí supimos que el chico repetía constantemente la palabra “salvación”, fuera cual fuese la pregunta, e interpelaba a los reporteros por si “habían fornicado antes del matrimonio”. Sus nuevos compañeros de vestuario no hacían mucho caso, total, el equipo naufragaba y solo había ganas de que todo terminara cuanto antes. “No vi una sola lágrima por su despido”, apuntaba una fuente anónima.

De los muchos profesionales en pronunciarse aquellos días, destacó el argumento del todavía jugador Sam Dekker: “Esto no es un problema de intolerancia por parte de la NBA. La liga quiere que los jugadores expresen libremente sus convicciones. Pero serás despedido de cualquier trabajo donde te conviertas en una pesadilla laboral. Si perturbas continuamente la paz y la felicidad de tus compañeros, tendrás que rendir cuentas”. Su brevísimo compañero en Chicago, Josh Giddey, expresó su deseo de que Jaden “reciba la ayuda que necesita”. Frase que sintetiza la idea más multiplicada por su caso aquellos días.

Pocas semanas después, los responsables de su fichaje y expulsión, Arturas Karnisovas y Marc Eversley, fueron igualmente despedidos de los Bulls. Ivey no era la razón, tan solo una muesca de una trayectoria indefendible como gerentes, el detonante final de una muerte anunciada.

Entretanto, se filtraban vídeos de Ivey predicando en plena calle, otro directo con su mujer de vuelta a su lado. “Por favor, basta”, mediaba ella, fortaleciendo la impresión de que a Jaden Ivey no lo mataron sus creencias, sino un exceso rayano en el fundamentalismo dentro de un sector difícil para algo así.

Son innumerables los jugadores que abiertamente reconocen su fe cristiana –estrellas como Curry, Durant o Haliburton lo han hecho–, pero poco más y evitando lo invasivo, al estilo retórico de Joe Mazzulla. Fue a su salida de Detroit que los traumas pasados de Ivey salieron a flote, y como respuesta el joven recrudeció sus nuevos dogmas, trufados del sello apocalíptico y el dedo acusador contra los herejes. El motivo que alertó a medios y titulares –anti-gay comments– no era más que fruto de una ortodoxia textual (Corintios 6:9-10/Salmos 27:1-14) en la que Ivey se había refugiado. A nivel público, el resultado fue una mezcla desastrosa entre corrección política y nulidad de empatía.

Y de buenas a primeras, el deporte profesional perdió a un joven jugador en edad de prometer futuro. Jaden Ivey no era el primero, solo un caso extraño, prematuro y triste. De no encajar siquiera en aquellos que cambiaron de fe y de nombre, y que en los casos más extremos, cuando la política suplanta a lo religioso –Abdul-Rauf, Craig Hodges, Meyers Leonard–, dejaron al menos una semilla en la NBA. Esa gigantesca corporación que mientras dice haber avanzado órbitas en el cuidado y asistencia psicológica a los jugadores, decide siempre lavarse las manos ante situaciones difíciles. Y para eso también caben referencias bíblicas.

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