Artículo originalmente publicado en el número 1567 de Gigantes del Basket en abril 2026

En mayo de 1976 Estados Unidos todavía sufría, en política exterior, las secuelas del fiasco de Vietnam; en política interior, era Gerald Ford el presidente, con la resaca muy presente del caso Watergate que obligó a Richard Nixon a dimitir en 1974. Mientras el país se preparaba a meses vista para las elecciones presidenciales de noviembre, donde saldría elegido Jimmy Carter, el 13 de mayo la ABA cerraba para siempre. Es cierto que tras el sexto partido de aquellas Finales, que coronaron a los Nets de Julius Erving como campeones, quedaba papeleo por hacer; pero también lo es que la competición que fue alumbrada a mediados de los 60 estaba muerta.

Una locura maravillosa

En la década de los 60 la NBA era dominada por los Celtics, que en 1969 culminaron una racha de 11 anillos en 13 temporadas con Bill Russell como líder supremo. Sin embargo, en el mundo de la canasta muchos creían que había hueco para otras ligas, que no necesariamente compitieran con la NBA, sino que fuesen una alternativa profesional para esos jugadores que no podían llegar a la gran Liga. De entre todas ellas, destacaba la CBA, fundada en 1946. En esos años 60, la ABL, fracasada desde que nació, representó el empeño de hacer algo más sólido, algo que no necesariamente tuviera la etiqueta de liga menor. 

Aquí aparecen las figuras de Dennis Murphy y de Gary Davidson, los padres fundadores de la ABA. Murphy era esa clase de figuras que sólo se entienden en Estados Unidos, un inventor de diferentes ligas que ya había probado en la ABL la línea de tres puntos y que en 1967 buscaba fondos para echar a andar la ABA. Davidson era otro de esos personajes que darían para una biografía interesante y que se empeñó en mirar de frente a las grandes asociaciones, pues además de fundar la ABA y enfrentarse a la NBA, en los 70 lanzó una liga de hockey para competir con la NHL y una de fútbol americano para medirse a la NFL. Todas fracasaron.

Una reunión en Nueva York, algunas propuestas como el balón tricolor tan característico de la ABA y que recogía los colores de la bandera de Estados Unidos, la línea de tres puntos importada de la fallida ABL o una estrella como primer Comisionado fueron los ingredientes sobre los que se cocinó la liga que debía mirar a los ojos a la NBA. Ese Comisionado, por cierto, era George Mikan, la otrora estrella de los Lakers en los inicios de la NBA; cuando estos estaban en Minneapolis. Mikan dijo que sí, pero que le dieran 150.000 dólares anuales en un contrato de tres años y que la sede fuese en Minnesota.

Al final, la ABA fijó más o menos su cuartel general en Oakland, donde echó a andar en forma de primer partido un viernes 13 de octubre de 1967 (quizá la fecha elegida ya no presagiaba nada bueno). Al duelo entre los Oakland Oaks y los Anaheim Amigos acudieron escasas 4.900 personas. El escenario, el Oakland Arena, que sin duda y de la mano de los Golden State Warriors viviría noches mejores.

Un buen ramillete de estrellas y una ruina permanente

Mikan, que dijo que la elección de ese balón tricolor ayudaría a darle un mejor impacto visual en la televisión, también aseguró en su cargo recién estrenado que no irían a por jugadores de la NBA porque sería económicamente insostenible. Si lo de la economía sostenible sonaba a mala profecía, se cumplió desde el salto inicial del primer partido en Oakland. Los 11 equipos que tomaron parte en la 1967-68 (más luego los que desaparecerían, se trasladarían de ciudad o se renombrarían) fueron un mar de pérdidas económicas en líneas generales.

Pocos negocios tan rentables han durado tanto, se dice en los Estados Unidos, pero lo cierto es que aquello de no ir a por estrellas no se cumplió. No había echado a andar la ABA y Rick Barry se comprometió, por una cantidad enorme de dinero (75.000 dólares anuales más incentivos), en jugar para la liga alternativa y romper su contrato con los Warriors. Simplemente tenía que cruzar de acera para cambiarse de equipo y de liga con su firma por los Oakland Oaks. Aquello le costó estar en blanco toda la 1967-68, porque la NBA le sancionó al romper su contrato en vigor, pero a su bolsillo le compensó.

Fue la primera estrella de verdad que abrazó la nueva experiencia, a la que luego acompañaron Moses Malone o Spencer Haywood, directamente salidos del instituto, algo en lo que la ABA fue decisiva; Connie Hawkins, Julius Erving o Wilt Chamberlain, que tuvo un paso discreto como entrenador pero que lustró con su nombre a la ABA. Estas son solo algunas estrellas, que pudieron ser más, si tenemos en cuenta la insistencia de la ABA por hacerse con Kareem Abdul-Jabbar, entonces Lew Alcindor, quien finalmente se decantó por los Bucks y la NBA.

Una historia de violencia

No hicieron falta demasiadas desapariciones de franquicias ni demasiados libros de cuentas para saber desde los primeros botes de balón que la idea de la ABA no cuajaba. Con temporadas que se cerraban con millones de pérdidas tanto en la caja de los equipos como de la propia ABA, la ruina era absoluta. Y fue una pena, porque el baloncesto que se jugaba en esta competición era de buenos quilates.

En un momento dado, la ABA optó por la existencia y la supervivencia como método de resistencia. Y de su mano, la violencia. En un contexto de encuentros con 100 espectadores en mastodontes como el Astrodome de Houston o duelos donde los jugadores no tenían los uniformes y llegaron a jugar con ropa de calle, la violencia en las pistas era algo que, por muy mal que suene, alimentaba de alguna manera a la ABA. El salvaje Oeste que por momentos era este torneo fue parte de la identidad de la competición.

Dos ejemplos claros de ello fueron Warren Jabali y John Brisker, exponentes de todo lo duro y cargado de golpes que puede llegar a ser el baloncesto y reflejo de lo que, gustara o no, era un sello de identidad de la ABA. Sin embargo, esta nunca se atrevió con sanciones ejemplarizantes porque la ausencia de jugadores varios partidos, en una liga que pendía cada día de un hilo, hubiera supuesto su final precipitado.

El final… con el maravilloso legado del concurso de mates

Para la campaña 1975-76, la novena de la ABA, solo nueve equipos entraron en liza, pero en el comienzo del año natural de 1976 los Utah Stars y los San Diego Sails habían cerrado operaciones y dejado el proyecto. La bancarrota calaba en todos los estratos e incluso así, la ABA se las apañó para arrastrarse, sobrevivir y organizar un All-Star inolvidable donde nacería el Concurso de Mates. Este se celebró en el descanso de un partido entre los Denver Nuggets, primero en ese enero de 1976 de la Liga Regular, y una selección del resto de equipos. ¿Por qué? Porque todo estaba tan bajo mínimos que no daba para hacer combinados de dos las dos Conferencias.

Julius Erving, luego estrella de la NBA, se llevó ese concurso de mates, 1.000 dólares y un equipo de música. A ese premio le añadiría después el título de la ABA, cuando los Nets derrotaron 4-2 a los Nuggets en las Finales de mayo, y diversos premios individuales.

En junio de 1976, la NBA absorbía las migajas de la ABA y cuatro de las franquicias supervivientes pasaban a formar parte de ella: los Indiana Pacers, tres veces ganadores de la ABA; los New York Nets, dos veces vencedores; los Denver Nuggets, una vez finalistas; y los San Antonio Spurs.

Dave DeBusschere, histórico jugador de la NBA en los 60 y 70, donde fue doble campeón con los Knicks, se convirtió en 1975 en el último Comisionado de la competición. Más que enterrar a la ABA, su labor fue decisiva para salvar lo poco salvable que quedaba de ella y convertir una desaparición en una integración, toda vez que consiguió que cuatro de los siete equipos que todavía permanecían de pie entraran en la NBA. Cuatro planteles que siguen vivos hoy día

No obstante, a DeBusschere esto le costó algún disgusto, porque los Knicks querían ser el equipo exclusivo de New York y la llegada de los Nets a la NBA no fue vista demasiado bien. Dicen que fue este resentimiento el que impidió que los Knicks le retiraran su camiseta hasta los años 80.

El legado de la ABA

Más allá de lo exótico de una competición que todo el mundo recuerda pero que casi nadie vio, ni siquiera sobre la pista, porque los datos de espectadores hablan por sí solos, la ABA dejó una impronta y una serie de realidades que ayudaron a mejorar a la NBA. La introducción del triple no se demoró mucho y lo hizo en la campaña 79-80, así como los concursos en los All Star o el refuerzo del sindicalismo de los jugadores, parte importante en los tiempos finales de la ABA y su salto a la NBA.

Hoy, cualquier atisbo de liga menor queda sepultado por la G-League, la hermana pequeña de la NBA, que controla desde principios del presente siglo una competición basada en el desarrollo de los jugadores y en ser una especie de despensa de donde puede tirar la franquicia de turno de la NBA en momentos necesarios. 

¿Qué fue la ABA? Una idea loca, ruinosa, devorada por sí misma y fruto de los tiempos, nacida en la efervescencia de los años 60 y que no podría haber visto la luz en ningún otro momento. Una competición que murió arrasada por su propia existencia pero que dio buenas noches de juego, que tuvo nivel, de otra forma sus estrellas no lo habrían sido después en la NBA, y que fue, en definitiva, una de esas cosas que suceden, pasan y merecen ser contadas.

La entrada 50 años del último partido de la ABA: una aventura surrealista que no podía durar se publicó primero en Gigantes del Basket.



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