Impasible, inalterable al momento, de rictus inmutable. Stephon Castle no se deja llevar por las emociones independientemente del contexto. De estos que siempre parecen jugar enfadados. Una síntesis de su juego y perfil. Un guard eléctrico y dinámico a la vez que pesado y martilleante, una combinación perfecta entre la nueva ola y aquellos manejadores de principios de siglo XXI. 

En Stephon Castle conviven dos lobos. Uno de baloncesto horizontal, que desborda a todo rival, sea por fuerza o por velocidad; y otro de baloncesto vertical, de vuelos sin motor y rectificados interminables. La joven estrella de los San Antonio Spurs ha demostrado estar preparado para el escenario más importante sin titubear, sin dudar un solo instante sobre lo que tenía que hacer y cómo llevarlo a cabo. 

Con tan solo 21 años ha conformado junto a Victor Wembanyama una de las asociaciones más polivalentes y peligrosas de la NBA. Conocidos como “Área 51” por la combinación de sus dorsales y el perfil extraterrestre de Wemby. Ambos conjugan a las mil maravillas, se complementan en ataque y se impulsan atrás. Donde al galo le falta agresividad y colmillo, Castle lo compensa con un resolutivo baloncesto kamikaze. Y si la cosa se pone seria, balón al cielo y que su compañero lo baje desde la estratosfera. 

Pero para entender el crecimiento, ascenso y confirmación del ex de UConn hasta evolucionar en el aliado ideal para Wembanyama en estas Finales NBA hay que viajar atrás en el tiempo. Es preciso conocer al personaje antes que al jugador. 

“ADN Nueva York” en la familia Castle

A Castle le gusta recordar que, pese a que muchos no lo sepan, él realmente es neoyorquino aunque su lugar de nacimiento y el instituto al que acudió se ubiquen en Georgia. La razón tiene que ver con algo más que lo que ponga en su partida de nacimiento. El motivo es su padre.

Al igual que el hijo, Stacey Castle fue jugador. Quizá no llegó tan lejos como su vástago, pero en la década de 1990, en Queens era toda una sensación. Lejos del bullicio de la gran manzana, este guard de 1,85 se las apañó para promediar 25 y 34 puntos en sus dos últimos años en Far Rockaway.

Stacey despertaría bastante interés en su salto al college, recibiendo ofertas incluso de la Syracuse de Jim Boeheim, de la cual diría, quien le dijo gustarle su estilo de juego. Finalmente iría al sur, recalando en Wake Forest, donde pasaría dos años antes de pedir el transfer a los UCF Knights en Florida.

Fue precisamente en Wake Forest donde coincidiría, ironías del destino, con Tim Duncan, a la postre leyenda de los San Antonio Spurs. Juntos en aquel curso 1993-94, los Demon Deacons caerían a manos de Kansas en el campeonato nacional sin apenas presencia de Castle. 

Al término de su periplo universitario se preparaba para convertirse en jugador de los Harlem Globetrotters cuando decidió de la noche a la mañana pasarse al otro bando y convertirse en entrenador. Un cambio que acabaría sirviéndole para convertir a su futuro hijo en una máquina de destrozar rivales en el uno contra uno y en uno de los mejores manejadores del país. El apoyo y tutorización del padre en materia baloncestística resultaría esencial en el desarrollo de Stephon, así como en el afianzamiento de su personalidad dentro y fuera de la cancha.

Entrenamientos desde las 5 de la mañana para trabajar en la coordinación y agilidad junto con ejercicios de técnica individual en jornadas maratonianas. Así hasta borrar la barrera entre padre y entrenador.

«Siento que me ha ayudado muchísimo poder apoyarme en él con muchas cosas porque él ya lo ha vivido y lo ha visto antes», dijo el joven en una entrevista en 2024. “Sé que nunca me va a guiar por el camino equivocado. Y tener ese tipo de apoyo en cada partido ha sido genial. Siempre me he apoyado en él desde pequeño y siempre me ha dado consejos valiosos. Poder contar con él es fantástico”.

Un tutelaje que le ha llevado al progenitor a tirarle de las orejas en más de una ocasión, incluso bien entrado en su etapa universitaria. “Creo que a muchos jóvenes no se les dice la verdad lo suficiente en este deporte, y eso es algo que él sí aprendió”, llegó a declarar Stacey, ya como asistente en UConn.

El premio final bien valió la pena, pensaría Stacey, como tantos otros padres-técnicos para los que el fin justificó los medios.

Un Russell Westbrook 2.0

Su llegada a la liga por medio del Draft de 2024 vino auspiciada por el título universitario con UConn siendo vital en la consecución del mismo. Pese a subir notablemente en los rankings como resultado de ello, hubo tres nombres que fueron pronunciados por Adam Silver antes que el suyo: Zaccharie Risacher, Alex Sarr y Reed Sheppard. Ninguno de estos tres ha conseguido hasta el momento igualar el nivel alcanzado por un Castle que no solo conquistaría el trofeo de Rookie del Año, sino que se ha convertido sin ninguna discusión en el mejor jugador de su promoción en el Draft.

En el proceso previo de scouting y análisis a su desembarco eran muchos los analistas que destacaban la capacidad de este para usar inteligentemente su cuerpo para ganarse el espacio, al mismo tiempo que alababan su defensa y ponían en cuestión su fiabilidad desde el tiro en suspensión. Con el paso del tiempo, Castle ha ido convirtiéndose en un guard de altos contactos, que lidera desde la defensa y que sin tener un lanzamiento del todo fiable, puede ser una amenaza. 

Proyectar a futuro con jugadores tan jóvenes siempre es arriesgado. Intervienen múltiples factores en un proceso de evolución que no necesariamente puede ser lineal. En cierto modo, la estrella de los Spurs supone asomarse a una ventana al pasado, concretamente al primer Russell Westbrook, aquel que con su físico y entrega fue el escudero perfecto de Kevin Durant. 

La primera etapa de Russ, que comprende desde la 2008-09 hasta la 2012-13, se define por un jugador de fuego incandescente. Alguien que no conocía el freno, sin miedo al fallo y cuyas incursiones al aro eran tan incisivas como suicidas. Un paralelismo que, revisitando aquel Westbrook, parece sostenerse más de lo que uno pueda pensar la primera vez que lo lee.

Si bien el desarrollo posterior del MVP de 2017 hace que dicha comparativa se difumine, esa primera impresión, de baloncesto visual, vertical y donde forzar la acción es la norma respecto a esperar que el juego le llegue a uno, termina por unir a Castle y Westbrook.

La hora de tumbar la puerta abajo

A lo largo de la historia de la NBA un total de 10 jugadores han sido capaces de promediar en Playoffs más de 19 puntos, 5 rebotes y 5 asistencias con 21 años o menos. Una lista donde destacan figuras como Michael Jordan, LeBron James, Russell Westbrook, Luka Doncic o Jayson Tatum, por ejemplo. En la cúspide de la misma se encuentra un Stephon Castle que es el primero en dejar dichos registros estadísticos en un equipo que ha llegado a las Finales de la NBA. La mayor parte de los integrantes de la lista cayeron en Primera Ronda y solo un par de ellos (James y Tatum) ganaron alguna eliminatoria. 

En su primera experiencia en la postemporada, Castle ha sido un elemento central del esquema de los San Antonio Spurs. Sin ningún tipo de duda, el factor diferencial ha sido Victor Wembanyama, pero no es menos cierto que el ex de UConn ha sido el acompañante perfecto para el gigante francés. De hecho, hasta en tres ocasiones en el desarrollo de estos Playoffs se ha visto obligado a suplirle, registrando 18, 33 y 20 puntos respectivamente y siendo vital para los texanos.

La primera carrera por el título de Castle ha dejado momentos estelares, instantes donde gracias a su físico ha conseguido mates espectaculares o bien fruto de su puntería ha cambiado el curso de un partido, como sucedió en el Game 3 de las Finales. No obstante, el tema de las pérdidas ha sido recurrente en su juego, especialmente en la serie ante Oklahoma City Thunder. Su capacidad para corregir y enmendar el error posteriormente es, probablemente, lo más llamativo de su progresión en estos Playoffs. Más para alguien tan joven, a priori inexperto y que ocupa una posición tan exigente como es la de base.

Stephon Castle avanza con paso firme hacia la élite. Su camino será sinuoso, sin duda, pero en el breve tiempo que lleva en la liga ha demostrado tener capacidad de adaptación, de cambio y un apetito competitivo que ni se entrena ni se enseña. San Antonio Spurs puede caer en estas Finales, pero el futuro luce brillante para los de Texas con el elenco de promesas que hay en sus filas.

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